Ahora que dormida te contemplo,
conquistando algún imperio,
seguramente estarás.

Y tu cuerpo se acomoda al lecho,
procurando algún calor,
el que yo no te he de dar.
Partirás, con los labios entreabiertos.
Partirás, con la risa puesta al viento.
Eras huracán que sostenía
voluntades al azar,
sin temor a destrozar.
Y el silencio de los rostros
en tu alma se encogía,
ya sin ganas de gritar.
Partirás, con las huellas empapadas.
Partirás, con mi alma a tu alma anclada.

Sabes bien, que aunque tengas que partir,
seguirás aquí...
Sabes bien, a pesar de que te has ido,
aquí estas al lado mío...
¿Para qué torcernos más las manos,
si de ellas no brotarán confesiones?
¿Para qué apretujar un corazón
que no siente más dolor?
¿Para qué aguantar el llanto?
¿Para qué decirte esto?
¿Para qué vendar los ojos,
si ambos estamos ciegos?
Sabes que al llegar hasta el umbral,
ya no estaremos...

Fuiste un nombre con voz de irreverencia.
Fuiste un nombre imantado a mis pupilas.
Fuiste tu, y yo nunca te encontré,
ni en los huesos de la bruma,
ni en las cartas de tu piel,
siempre tu, mojando con la lluvia,
de la cual me refugié.

Y ahora que decides esparcir tus hojas secas,
confinándome a tus pasos,
no puedo seguirte.
Cada vez que vea el sol muriendo,
al ocultarse del mundo,
vendrás para luego irte.

Partirás, con los días borrascosos.
Partirás, y yo te veré...
¿Para qué torcernos más las manos,
si en tus manos callaré?
¿Para qué quieres curar a un hombre roto,
si mañana me hundiré?
¿Para qué embriagarme tanto,
si ya no te olvidaré?
¿Para qué evitar el llanto?
Recordarte ¿Para qué?

Sabes bien, aunque hayas de partir,
de tu voz, un eco se queda aquí.
Lo sé bien, sé muy bien que has de marcharte,
pero en mi te quedarás,
en mis labios sin tu nombre,
en el lecho, en el umbral,
saltarás desde la hiedra,
quedándote en mis tinieblas...
Ahora que dormida te contemplo,
conquistado algún imperio,
seguramente reinarás.
Y tu cuerpo se despierta lento,
impetrando algo de amor,
el que yo no te negué...
El que yo no hube de darte,
pero igual te regalé.

Sabes bien, que mañana no estarás.
Lo sé bien, muy bien, pero no mi terquedad.
Sabes bien, que entumecerás mis días,
Sabes bien...
que te quedarás, no en tu cuerpo ni en mi piel,
no en tus manos ni en las mías,
ni en las glorias de papel, ni en las noches de ambrosía…
Te irás lejos, de las horas del ayer,
robando mi algarabía,
pero siempre regresarás, lo sé muy bien,
recubierta… convertida en poesías.

Partirás, con mis ojos desvelando tu mirar.
Partirás, con tu risa... con tu risa y nada más.